Ma bister, romeja pre amaro romipen! (¡Gitanos, no olvidéis que sois gitanos!).
«...y se inicia el dicho canto con un largo aliento a lo que llaman quexa de galera porque un forzado gitano las daba cuando iba al remo y de este pasó a otros bancos y de éstos a otras galeras...»
(Del Libro de la gitanería de Triana de los años 1740 a 1750 que escribió
el Bachiller Revoltoso para que no se imprimiera).
Cuando un investigador se acerca a estudiar —independientemente de la disciplina desde la que trabaje— la realidad social, cultural e histórica del pueblo gitano, se asombra al constatar la casi total ausencia de estudios serios y exhaustivos que existen en España sobre esta minoría. Podemos decir que desde hace poco más de 30 años —con la aparición de los primeros ensayos e investigaciones sobre este grupo—, los gitanos han empezado a ser considerados como un necesario objeto de estudio.
Es en la década de los setenta cuando se publican los primeros libros serios sobre la etnia gitana. Generalmente se trata de análisis antropológicos o sociológicos que tienen como objetivo informar sobre las características diferenciadoras de este colectivo y denunciar la segregación y las condiciones de marginalidad en las que viven los gitanos. Nos referimos a obras claves como
Nosotros los gitanos (1972), de Juan de Dios Ramírez Heredia, el estudio elaborado por el equipo GIEMS de investigación —formado, entre otros, por la antropóloga Teresa San Román—, que lleva por título
Gitanos al encuentro de la ciudad (1976), el trabajo llevado a cabo por el Instituto de Investigaciones Sociológicas,
Los gitanos españoles 1978 (realizado en 1979 y publicado en 1990), etc.
Las publicaciones existentes hasta entonces venían a reproducir aquellos tópicos y recursos difundidos a través de la literatura romántica del XIX por parte de viajeros de la época como Laborde, Théophile Gautier, Hare..., donde lo único que hacen es desvirtuar la imagen real de la etnia y conferirle un rasgo de bohemia añorada. Otras veces, explotan hasta la saciedad una imagen folclórica o, en el peor de los casos, les adjudican una serie estereotipos negativos que no se corresponden con la realidad.
Muchos escritores, a finales ya del siglo XVIII y a lo largo del XIX, descubrieron en esas imágenes de bandoleros, contrabandistas y gentes errantes los símbolos de una libertad a la cual aspiraban. En líneas generales, el extranjero solía tener una visión estereotipada de todo lo andaluz y lo gitano, que acababa suplantando la imagen real y, con el paso del tiempo, desembocaría en esa España de pandereta.
En el siglo XIX, según informa el profesor José Ortega, en su artículo ''El gitano y el negro en la obra de García Lorca'', «el folklore andaluz (gitano) tiene una recreación literaria basada en el pintoresquismo. Corriente que podría remontarse hasta el propio Cervantes. Bajo la influencia del primer gitanólogo importante, George Borrow (
The Zincali, 1841;
The Bible in Spain, 1843) se desarrolla en el siglo XIX un costumbrismo gitano basado en las características étnicas y lingüísticas del gitano. En Francia este movimiento contaría con nombres como T. Gautier, P. Mérimée, A. Dumas, Adolphe Desbarrolles, etc. El gitano en la obra de estos autores es un estereotipo que simboliza la belleza, la sensualidad, la marginación, la diversión, la libertad, etc. Su función literaria es puramente decorativa.»
Así, el viajero, el escritor, que solía llegar con una serie de ideas y prejuicios, se limitaba a reforzar esa visión a través de sus escritos. Tómese como ejemplo las negativas palabras que el francés Laborde (París, 1773-1842) dedica en una de sus obras a los gitanos: «Andalucía fue, en otro tiempo, refugio de gitanos, esa especia pérfida y peligrosa, sin hogar ni patria, sin fe y sin ley, que era la peste de España, el oprobio de la nación que la sufría, el terror de los caminos y de los campos, que por fin el gobierno español ha proscrito con leyes severas.»3 También resulta ilustrativo de esto que venimos diciendo el comentario que hace Hare (1834-1903) sobre los gitanos de Granada en su obra
Wanderings in Spain: «La grosera indolencia de la población gitana, la zafiedad de su lengua y modales y sus brutales inmoralidades constituyen el mayor reparo para el que piense prolongar su estancia en Granada. Los gitanos resultan absolutamente incontrolables por la ley o la policía. Su multitud de hijos se cría sistemáticamente para pedir limosna sin cesar y para robar siempre que se les presenta la ocasión.»
Los gitanos, como denuncia Juan F. Gamella en el nº 30 de la revista
Demófilo, «han importado muy poco, no sólo a las autoridades y al común, sino a los estudiosos, curiosos y académicos, salvo como ejemplo de exotismo y bohemia en donde tantos gustan de proyectar sueños burgueses de rebeldía insatisfecha. De hecho, el interés por los gitanos ha sido y sigue siendo secundario y derivado del interés por el flamenco, y a través del interés por el flamenco se ha distorsionado y limitado enormemente el estudio de la minoría.»
La historia del pueblo gitano, presente en nuestro país desde el año 1425 o incluso puede que antes, es la historia de la discriminación, el agravio y la marginación a la que se ha visto sometido un pueblo que, aún en el siglo XX, seguían siendo unos grandes desconocidos para el resto de la sociedad mayoritaria, ignorándose su cultura y su derecho a ser diferentes.
Aunque en un principio disfrutaron de una etapa idílica —que Bernard Leblon calificó con el nombre de “edad de oro”— con la concesión de salvoconductos y permisos especiales que les permitían el desplazamiento por toda la geografía sin despertar la más mínima desconfianza, pronto se empezó a mirar con recelo el constante nomadismo de estas gentes y ya a finales del siglo XV, en 1499, se hizo pública la primera pragmática antigitana dictada por los Reyes Católicos y conocida con el nombre de Pragmática de Medina del Campo.
El punto de partida en eso que se viene denominando como cuestión gitana estaría, pues, en la deuda histórica que ciertos países, sobre todo España y Alemania, tienen con dos importantes minorías como son los gitanos y los judíos que han sobrevivido a pesar de los múltiples intentos de la sociedad mayoritaria por asimilarlos.
Los gitanos forman un colectivo que posee un sistema culturalmente diferenciado. Estamos ante una etnia o minoría étnica —ya que se inserta dentro de una realidad sociocultural más amplia— que se define a través de un conjunto de valores propios, transmitidos de manera oral a lo largo de generaciones. ¿Y cuáles serían sus rasgos diferenciadores? Los pilares claves que definen esta cultura ágrafa serían la conciencia de origen común, su especial organización interna, sus rituales, sus tradiciones, sus códigos morales y el poder unificador de su milenario idioma, que, con muy pocas variaciones sigue vivo en casi todo el mundo.