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NEGROS Y GITANOS EN LA OBRA DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Andalucía se ha caracterizado desde antiguo por ser una tierra multicultural. Ha sido el asentamiento perfecto de numerosos pueblos (tartesios, fenicios, griegos, romanos, judíos, árabes, gitanos...), y fruto de ello es su singular mezcla de culturas.

A pesar de todo, y desgraciadamente pronto, la historia se encargó de romper esa armonía y riqueza a través de crueles pragmáticas y persecuciones. La única manera de mostrar un paisaje completamente homogéneo y monocultural era a través de la asimilación de esas minorías. El propio García Lorca declaraba al caricaturista Bagaría (Gibson, 1987: 446) en el diario madrileño El Sol, el 10 de junio de 1936, que, tras la toma de 1492, el reino de Granada perdió toda su riqueza y esplendor, convirtiéndose en una ciudad hermética y empobrecida culturalmente:

«Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre, acobardada; a una “tierra del chavico” donde se agita actualmente la peor burguesía de España».

No sabemos muy bien por qué, pero el caso es que nuestro granadino siempre estuvo adscrito a las clases más marginadas (a los “malditos”, como dice Umbral): gitanos, negros y homosexuales, aquellos que viven al margen de la sociedad y no participan de los convencionalismos sociales. Esa visión sin prejuicios que tiene Lorca de los negros y los gitanos, esa afinidad y solidaridad con los más perseguidos se debía, según él, al hecho de haber nacido en Granada:

«Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío ... del morisco, que todos llevamos dentro». (García Lorca, 1986: 503).

Abundan numerosos ejemplos en la poesía lorquiana que vienen a ilustrar esa hermandad y, por qué no, atracción que sentía el poeta por los más débiles. En este sentido, Poeta en Nueva York y Romancero gitano son dos libros representativos y muy similares en cuanto a la temática. Lorca encuentra en los negros de Nueva York la imagen y el recuerdo de los gitanos de Granada. Y es significativo el hecho de que el poeta, en una carta que escribe a sus padres, compare los cantos de los negros con el cante jondo andaluz.


LORCA Y LOS NEGROS

En 1929, poco después de la publicación del Romancero y a raíz de una profunda crisis personal, Federico parte de su Granada natal a Nueva York, donde permanece casi un año. Lo que llama poderosamente la atención del poeta es la diversidad racial que se contempla en esa ciudad:

«En Nueva York se dan cita las razas de toda la tierra, pero chinos, armenios, rusos, alemanes siguen siendo extranjeros. Todos menos los negros. Es indudable que ellos ejercen enorme influencia en Norteamérica y, pese a quien pese, son lo más espiritual y lo más delicado de aquel mundo. Porque creen, porque esperan, porque cantan y porque tienen una exquisita pereza religiosa que los salva de todos sus peligrosos afanes actuales». (García Lorca, 1994: 346).

En Nueva York, es la escritora Nella Larsen, perteneciente al Renacimiento de Harlem -movimiento artístico que nació en dicho barrio durante los años veinte-, quien hace de cicerone y lo introduce en los círculos literarios y en los cabarets de Harlem. (Cruzado, 2004: 53). En una carta que escribe a sus padres, con fecha 14 de julio de 1929, desde Nueva York, dice:

«Esta escritora es una mujer exquisita, llena de bondad y con esa melancolía de los negros, tan profunda y tan conmovedora. Dio una reunión en su casa y asistieron sólo negros. Ya es la segunda vez que voy con ella, porque me interesa enormemente. En la última reunión no había más blanco que yo. Vive en la segunda avenida y desde sus ventanas se divisaba todo Nueva York encendido. Era de noche y el cielo estaba cruzado por larguísimos reflectores. Los negros cantaron y danzaron… Había un muchachito que cantó cantos religiosos. Yo me senté en el piano y también canté. Y no quiero deciros lo que les gustaron mis canciones. Las “moricas de Jaén”, el “no salgas, paloma, al campo” y “el burro” me las hicieron repetir cuatro o cinco veces. Los negros son una gente buenísima. Al despedirme de ellos me abrazaron todos y la escritora me regaló sus libros con vivas dedicatorias, cosa que ellos consideraron como un gran honor por no acostumbrar esta señora a hacerlo con ninguno de ellos.
[…] Con la misma escritora estuve en un cabaret, también negro, y me acordé constantemente de mamá, porque era un sitio como esos que salen en el cine y que a ella le dan tanto miedo».

Sin embargo, la ilusión y el asombro de los primeros meses se tornan pronto en desencanto y soledad, pues lo que Lorca encuentra allí no es más que una urbe deshumanizada, fría y mecánica, que despierta en él rabia, dolor y una profunda tristeza. Ritmo trepidante y angustioso el de esa ciudad donde el progreso (las máquinas) y la deshumanización (la esclavitud) se dan la mano. Nueva York es, a los ojos del poeta, un imperio capitalista que atenta contra la dignidad del hombre: «Yo quería hacer el poema de la raza negra en Norteamérica y subrayar el dolor que tienen los negros de ser negros en un mundo contrario, esclavos de todos los inventos del hombre blanco». (García Lorca, 1994: 346).

Todos estos sentimientos se vierten en un canto de protesta: “Yo denuncio a toda la gente/ que ignora la otra mitad”, afirma en el poema “Nueva York. Oficina y denuncia”. (García Lorca, 1992: 204). El resultado es, como puede observar el lector, un libro surrealista plagado de imágenes oníricas e ininteligibles que nos muestran una sociedad hipócrita y moralmente corrupta:

                                                          No hay más que un millón de herreros
                                                          forjando cadenas para los niños que han de venir.
                                                          No hay más que un millón de carpinteros
                                                          que hacen ataúdes sin cruz.
                                                          No hay más que un gentío de lamentos
                                                          que se abren las ropas en espera de la bala.

                                                                                                                             (“Grito hacia Roma”).

                                                          ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
                                                          No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
                                                          a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
                                                          a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
                                                          a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.
                                                          [...]
                                                          ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!
                                                          La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.

                                                                                                                               (“El rey de Harlem”).


LORCA Y LOS GITANOS

Los gitanos son la minoría étnica más importante en Andalucía (más de la mitad de los gitanos españoles se encuentran en esta comunidad), aunque rara vez interesaron como objeto de estudio e investigación; casi siempre fueron vistos desde un prisma exótico, sin tener en cuenta, como ha señalado el profesor Ropero Núñez (1999), su destacado papel en la formación del espíritu y de la cultura andaluza.

García Lorca es uno de los primeros escritores contemporáneos que toma conciencia de ese hecho y que inicia, a través de su escritura, una reivindicación de la figura del gitano, desechando, por un lado, ese pintoresquismo que nos vendieron durante mucho tiempo aquellos viajeros del siglo XIX, y, por otro lado, desterrando los tópicos sucios y malintencionados que impregnaron durante siglos algunas obras.

Los gitanos, una de las etnias que más han influido en su obra poética, desempeñan un papel fundamental en dos de sus libros más famosos: Poema del Cante Jondo y Romancero gitano. Con esa intuición y sensibilidad especial de los que saben aprehender el misterio del duende, Lorca reproduce magistralmente la esencia del arte gitano-andaluz. Aunque el Poema se conciba como un homenaje al flamenco y los gitanos aparezcan como depositarios y transmisores directos de ese arte, es ahí donde comienzan a perfilarse los grandes temas que impregnarán el Romancero y donde se gesta la figura del gitano que llega a alcanzar una dimensión mítica y universal. Para ello, Lorca colocará como telón de fondo la verdadera Andalucía: la Andalucía profunda, misteriosa y milenaria.

Poema del Cante Jondo y Romancero gitano son, pues, dos obras correlativas (no en el sentido cronológico, sino temático) que deberían leerse y releerse siempre juntas. Adviértase cómo los últimos textos del Poema nos introducen, por un lado, en el paisaje del Sacromonte granadino (con los poemas “Chumbera”, “Pita” y “Cruz”) y, por otro lado, anuncian el drama de los gitanos del Romancero a través de la famosa “Escena del Teniente Coronel de la Guardia Civil” o del “Diálogo del Amargo”.

El Romancero es una obra que, desde que vio la luz, se ganó la admiración tanto de la crítica como del público más heterogéneo. Pero no es, bajo ningún concepto, un libro típico y tópico del folklore andaluz –como calificaron algunos con bastante ligereza, sino que en sus entrañas muestra su verdadera dimensión dramática. Así lo afirma Lorca (1994: 359) en su conferencia-recital del Romancero gitano:

«El libro en conjunto, aunque se llama gitano, es el poema de Andalucía, y lo llamo gitano porque el gitano es lo más elevado, lo más profundo, lo más aristocrático de mi país, lo más representativo de su modo y el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y universal.
[...]
Un libro donde apenas si está expresada la Andalucía que se ve, pero donde está temblando la que no se ve. Y ahora lo voy a decir. Un libro antipintoresco, antifolklórico, antiflamenco, donde no hay ni una chaquetilla corta, ni un traje de torero, ni un sombrero plano, ni una pandereta; donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje, grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena [...]; pena andaluza, que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y no puede comprender».

El libro conjuga de manera prodigiosa lo culto y lo popular. Lo culto se manifiesta a través de claras alusiones a la tradición literaria (San Juan de la Cruz, Poema del Mio Cid) y lo popular se filtra a modo de música y canción, haciendo un guiño a las coplas populares que ha dado esta tierra (véase como ejemplo el “Romance de la pena negra”), pero también se hace patente a través de recursos estilísticos como el paralelismo o la repetición.

El poeta lleva el mundo del gitano al plano de mito porque para él representa la raíz oculta de toda la humanidad, son los portadores de la historia, de la tradición; en definitiva, de esa “verdad andaluza y universal”. De modo que la imagen que Lorca ofrece del mundo gitano es novedosa por dos motivos: en primer lugar, por acercarse a esta etnia con una mirada libre de prejuicios y, en segundo lugar, por rechazar aspectos costumbristas o exóticos. Melchor Fernández Almagro (1928: 374-375) aseveraba en una reseña de la obra lo siguiente: “El guardia civil no era, precisamente, un tópico poético [...] Pero, en cambio, la gitana del pandero y el gitano de la navaja abierta chorreaban grasas de la más sucia literatura costumbrista. Con lo que el poeta tenía doble y alternada labor que efectuar: crear y destruir”.

El autor percibe la realidad social del otro y para acentuar el desequilibrio existente conjugará elementos o fuerzas antagónicas que al entrar en conflicto directo enriquecen el significado de denuncia. Y aquí el papel antagonista recae sobre la guardia civil, sinónimo de represión, violencia y muerte. Así se contempla, por ejemplo, en “Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla”, cuyos versos dotan al personaje de un carácter mítico y revelan un paralelismo con algunos pasajes de las epopeyas donde se pone de manifiesto que los héroes descendían de una estirpe ancestral:

                                                                    Antonio Torres Heredia,
                                                                    hijo y nieto de Camborios,
                                                                    con una vara de mimbre
                                                                    va a Sevilla a ver los toros.

El Camborio lleva, pues, el sello mítico y la dignidad que caracteriza a su propia etnia. Pero esa dignidad se verá empañada en el momento en que entra en juego su principal enemiga: la Guardia Civil. El gitano, que se dirigía a Sevilla a ver los toros, es tomado por los guardias civiles y llevado a un calabozo. Su prestigio se desvanece al permitir que lo arresten, hecho que supone la humillación para Antonio a la par que se extiende como una mancha sobre toda la estirpe. Por eso, cuando “viene sin vara de mimbre” y “entre los cinco tricornios”, una voz anónima le reprocha su actitud y cobardía diciéndole:

                                                                    Antonio, ¿quién eres tú?
                                                                    Si te llamaras Camborio,
                                                                    hubieras hecho una fuente
                                                                    de sangre, con cinco chorros.
                                                                    Ni tú eres hijo de nadie,
                                                                    ni legítimo Camborio.

Marcado por el peso de un severo código de honor, Antonio sólo conseguirá recuperar su pundonor tras morir a mano de sus cuatro primos, suceso que lo eleva a la categoría de héroe mítico y mártir, convirtiéndolo en representante de toda una dinastía: la de los Camborios. Un aspecto fundamental para entender todo esto es ver que, en el universo tradicional y cultural de esta etnia, el gitano como ser individual no tiene apenas valor; lo que confiere siempre significado y valor al individuo es la pertenencia a un determinado linaje.

El conflicto entre los gitanos y la guardia civil alcanza la cima en el “Romance de la Guardia Civil”, donde los dos mundos aparecen directamente enfrentados. Frente a la alegría e ingenuidad de estos gitanos que tranquilos “forjaban soles y flechas”, los guardias civiles aparecen caracterizados con rasgos inhumanos:

                                                                    Tienen, por eso no lloran,
                                                                    de plomo las calaveras.
                                                                    Con el alma de charol
                                                                    vienen por la carretera.
                                                                    Jorobados y nocturnos,
                                                                    por donde animan ordenan
                                                                    silencios de goma oscura
                                                                    y miedos de fina arena.

La ciudad de los gitanos se concibe como un paraíso idílico en donde parece imposible que el éxtasis y el fervor de sus ciudadanos puedan ser en algún momento quebrados. Sin embargo, esa paz y armonía reinantes se verán interrumpidas cuando las fuerzas del orden invaden el territorio:

                                                                   ¡Oh ciudad de los gitanos!
                                                                   En las esquinas banderas.
                                                                   Apaga tus verdes luces
                                                                   que viene la benemérita.

Para el profesor Plaza Chillón (2005:46), que ha estudiado la imagen del gitano en los dibujos del granadino, Lorca utiliza «una serie de recursos poéticos y plásticos para esconder sus más íntimos sentimientos. [...] Y este proceso de enmascaramiento por medio de mitos e intertextos es el reto que el poeta deja al lector para que continúe allí donde él se calla». Y más adelante, añade: «el Romancero a pesar de su apariencia tan popular y andalucista, es más complejo de lo que en un principio parece ser, está lleno de dificultades; es más, es un libro donde nada es lo que parece ser, lleno de disfraces y máscaras, donde se integran desde un localismo extremado hasta las cultas alusiones mitológicas, donde incluso es manifestada su obsesión cristológica [...] a través del ‘prendimiento’ y calvario de los gitanos».

En esta historia donde todos son víctimas anónimas, Rosa la de los Camborios es la única que, con nombre propio, se alza como gran mártir; la imagen de “sus dos pechos cortados/ puestos en una bandeja” provoca un estremecimiento y un fuerte impacto en el lector. Al final, el recuerdo de esa ciudad, quemada y completamente destruida, quedará grabado como huella indeleble en la mente del poeta:

                                                                     ¡Oh ciudad de los gitanos!
                                                                     ¿Quién te vio y no te recuerda?
                                                                     Que te busquen en mi frente.
                                                                     Juego de luna y arena.

Maravillosos y emocionantes estos versos que cierran el poema. García Lorca es un escritor ejemplar, portavoz de aquellos que intentan sobrevivir en una sociedad escindida. Su compromiso excede los límites de lo meramente literario, como se puede observar en sus múltiples declaraciones:

«Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega. Nosotros -me refiero a los hombres de significación intelectual y educados en el ambiente medio de las clases que podemos llamar acomodadas- estamos llamados al sacrificio. Aceptémoslo. En el mundo ya no luchan fuerzas humanas sino telúricas. A mí me ponen en una balanza el resultado de esta lucha: aquí tu dolor y tu sacrificio, y aquí la justicia para todos, aun con la angustia del tránsito hacia un futuro que se presiente, pero que se desconoce, y descargo el puño con toda mi fuerza en este último platillo». (Gibson, 1987, vol. II: 330-331).

En el siglo XXI, Lorca sigue dando lecciones de solidaridad, justicia y humildad.






Referencias bibliográficas:

- Cruzado, M. “Nella Larsen, la novelista que guió a García Lorca en Harlem.” Clarín, nº 52 (2004): 48-54.
- Fernández Almagro, M. «Federico García Lorca: “Romancero gitano”», Revista de Occidente, nº 21 (1928): 374-75.
- García Lorca, F. Obras Completas. Madrid: Aguilar, 1986.
-----------------. Obras Completas. Vol. VI. Madrid: Akal, 1994.
-----------------. Poema del cante jondo. Romancero gitano. Madrid: Cátedra, 1987.
------------------. Poeta en Nueva York. Madrid: Cátedra, 1992.
- Gibson, I. Federico García Lorca. Barcelona: Grijalbo, 1987.
- Plaza Chillón, J. “La imagen del gitano en los dibujos de Federico García Lorca: transgresión y marginalidad.” Gitanos, pensamiento y cultura, nº 31 (2005): 69-88.
- Ropero Núñez, M. “Los gitanos en la cultura española: una perspectiva histórica y filológica diferente.” Demófilo, nº 30 (1999): 69-88.
- Umbral, F. Lorca, poeta maldito. Barcelona: Planeta, 1998.

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