ENTREVISTAS

ENTREVISTA A JOSÉ LUIS GONZÁLEZ VERA   (Junio de 2009)

 

José L. González Vera es un joven poeta y narrador antequerano de grandísimo talento. Entre sus publicaciones se encuentran Los barrios lentos, Nombres propios y Montaje de autor, que saldrá próximamente en la Colección Puerta del Mar, de la Diputación de Málaga. Además, este poeta con pinta de rocker y de pirata es también profesor de Lengua Castellana y Literatura, columnista del periódico malagueño La Opinión y uno de los responsables, junto a Gaby Beneroso, de la productora Bolvoreta Films, que hace apenas un mes estrenó en Málaga el documental Litoral. La luz de la orilla.

 

Dedicándote a tantas actividades como te dedicas, cuesta creer que el día tenga para ti 24 horas. ¿Cuál es el secreto para optimizar tan bien el tiempo?

            Yo sería un esclavo perfecto si no tuviera tan mal carácter. Duermo poco, no por mi gusto; querría ser como mi amigo Gaby, por ejemplo, capaz de quedarse en cama el tiempo que necesite sin que nada lo despierte, en cualquier sitio y a cualquier hora. Por muy tarde que me acueste, aunque sea a las siete de la mañana, me levanto como mucho a las diez. Esto puede que parezca una ventaja, pero no lo es; los procesos creativos exigen calma, tiempo perdido y esa es mi perpetua asignatura pendiente. La suplí con una autodisciplina que me enseñó a ordenar las ideas con celeridad y a plasmarlas en el papel también rápido en un estilo que forjé con mucho trabajo. En el periódico aprendí una serie de destrezas; en radio, otras; en cine, una estructuración de contenidos para que provoquen unos efectos; en el poema, el reino de la eufonía; y en relatos, investigación o novela, la constancia frente al texto. He participado en muchas batallas y eso me ha dado agilidad y experiencia para enfrentarme a diferentes tareas; pero no estoy seguro de que esto sea bueno.

Tu amigo, el también escritor José Antonio Garriga Vela nos ha revelado un secreto: «Charles no se llama Charles. Cambió de nombre porque admiraba a Charles Bukowski. [...] hizo todo lo que pudo por emular a su héroe. [...] José Luis González Vera no se llama José Luis González Vera. Miente cuando dice su nombre y miente cuando habla en serio de literatura. Sé lo que digo, lo conozco. Si algún día se tropiezan con él por la calle hagan la prueba, griten: «¡Charles! La literatura es la última puta lata de cerveza en un frigorífico averiado». Y verán como se vuelve y sonríe». ¿En ese enunciado está concentrada tu poética?

            José Antonio Garriga tiene, sobre otras cualidades, una gran capacidad de contemplación. Hizo una lectura de mi primer poemario Los barrios lentos que iba más allá del libro; mi poética, aunque también se desarrolle en otros géneros, siempre ha girado hacia una visión en la que predomina el desencanto ante el orden aparente de la sociedad donde nos ha tocado vivir por fortuna. Si anduviéramos entre la famélica legión del tercer mundo, quizás haría poesía popular para que sintiésemos algún orgullo que llevarnos a la boca, o poemas políticos si quisiera que una bala finalizase mi agonía por hambruna. Los occidentales podemos permitirnos el vicio del desencanto o del escepticismo y, como tal, ejerzo.

Además de Charles Bukowski, cuya presencia late de forma clara en Los barrios lentos, ¿qué otros autores se han convertido en tus referentes literarios?

            En mi formación juvenil influyeron Luis Martín Santos con Tiempo de Silencio, Juan Goytisolo con Makbara, La Biblia, o Rafael Sánchez Ferlosio con Alfanhuí. Luego la dispersión corrió entre las páginas de Louis Ferdinad Céline, de los tebeos de Ralf Köning, o las páginas de Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Joan Margarit, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Álvaro García, José Antonio Mesa Toré, Juan Manuel  Villalba, Francisco Fortuny, El Arcipreste de Hita, Cirlot, Quim Monzó, y otros muchos. No soy capaz de señalar a ningún autor fetiche. Cierto que adoro a Bukowki porque me rescató de un desierto particular, pero del mismo modo, y casi por idénticos motivos, me encantan Irvine Welsh o Raymond Carver.

Leí con verdadero gusto tu obra Nombres propios, en donde la trama y los personajes de cada una de esas historias seducen al lector, entre otras muchas razones, porque las narraciones se nos presentan sorprendentes a la vez que verosímiles. Además, hay algo que me encanta de tu creación, y es que, en tus relatos, aunque al principio exista un desarrollo aparentemente normal, que haga prever que el final será feliz, siempre das un golpe de efecto que coloca al lector ante un desenlace absolutamente inesperado. Como diría Dámaso Alonso, cuando se «ha caído en la trampa, un aletazo, un bandazo del timón, le revela su inocencia al incauto». Quizá uno de los ejemplos más ilustrativos, aunque no esté en este libro, sea ‘No smoking’, que aparece en el último número de la revista Litoral, Humo en el cuerpo.

No descubro nada. Por un lado la técnica del desenlace equívoco, o del doble nudo, como queramos llamarla, es la que se utiliza en los guiones de cine de forma casi automática. Los personajes que podrían ser el vecino de enfrente son estampa propia de un neorrealismo que llevan años practicando autores como Monzó, por ejemplo, o Fellini. Mis relatos se unen por las derrotas sin tragedia que aletean entre todos los personajes. En realidad, los humillo un poco al modo de Quevedo. La originalidad radica en mis rasgos de estilo. Me costó mucho esfuerzo sentir mi voz; me atrevo a decir que, después de leer el libro, cualquier lectora o lector reconocería un texto mío, le gustase o no. Eso es lo que pretendo ante la página en blanco. Respecto a la sorpresa que provoca en el lector, busco que realice el mismo efecto que cuando la policía detiene por múltiples crímenes al pacífico tipo de la charcutería de abajo, tan amable siempre cuando nos cortaba el salchichón; a partir de ese punto comprendemos ciertas miradas de satisfacción que proyectaba sobre su juego de cuchillos, tan limpios y cuidados.

Muchas de estas historias podrían protagonizar alguno de los programas que ocupan las tardes de las grandes cadenas de televisión. Pienso, por ejemplo, en relatos-nombres como el de Julia Lezo, que padecía serias dificultades para relacionarse con los hombres, o Ana Líbar, víctima de las trampas que a veces tiende la red. Todos los Nombres propios exponen los pequeños dramas individuales de personajes que participan de la decepción y frustración contemporánea. No obstante, aunque esa caótica vida de tus protagonistas conduce a resultados literarios locamente brillante e hilarantes, me llama poderosamente la atención que siempre elijas a personajes de existencia poco armoniosa. ¿Acaso los perdedores gozan de mayor prestigio literario?

            En la antigüedad quienes gozaron del suficiente prestigio literario fueron los héroes guerreros y por eso nació la épica, cauce matriz de la novela. Desde los primeros atisbos de personajes novelescos como Celestina (no he dicho que sea una novela, ojo), hasta Lázaro o Don Quijote, nos encontramos con personajes que aspiran a ser algo, pero quedan en el camino. Quevedo fue el gran maestro, quizás porque se sabía perdedor a pesar de su nobleza y cultura; paradójicamente al más maravilloso misógino y racista de nuestra literatura le hubiera gustado ser un dandi chulesco y conquistador de mulatonas exuberantes. La vida como hecho biológico del que somos conscientes supone una derrota perpetua contra la que hay que armarse, bien de una óptica que dulcifique el daño, bien de una risa escéptica que te lleve al nicho con aires de rebelde ángel del infierno, o místico. Fue el truco escénico de James Joyce. Mi amigo Juan Manuel Villalba resolvió esta paradoja con un maravilloso verso donde decía que alguien nos enseñó a escribir desde la tristeza. No sé si tienen más prestigio los perdedores, pero yo me identifico con ellos. Si alguien conociera mi vida íntima se reiría con cada episodio inconfesable.

En el caso de los relatos que toman como base las vivencias personales, ¿qué tipo de procedimiento sigues para transmutar esa historia en un texto perfectamente literario?

            Toda vida contada con técnica puede ser una novela, reza el precepto poético italiano. Es muy peligroso y muy complicado narrar alguna vivencia tal como sucedió; hay que contextualizarla, luego coordinarla con la estampa que el personaje ofrece al lector, además transcribirla con las técnicas arquitectónicas del estilo que el autor se haya forjado. Al final queda una estampa deforme de lo que la memoria nos dicta como realidad, que ese es otro problema. De otro modo, estaríamos ante un texto periodístico o jurídico que también soportaría un grado de manipulación inevitable.

Antonio Gamoneda declara que se puede escribir en cualquier sitio. No conozco muchos casos así, a excepción de Joan Margarit, quien, según me han contado, es capaz de escribir en el coche, delante de un semáforo en rojo. ¿Cómo y dónde se cocina tu escritura?

            Yo digo que apenas tengo manías. Las mujeres que me conocen, por obvias razones de convivencia, arguyen que soy muy maniático. Ya me van convenciendo. Las manías de escritura van por géneros. Puedo escribir a cualquier hora. Frente a mi mesa hay una pared marrón muy oscuro. Necesito los espacios cerrados y aislados para trabajar en artículos filológicos, ensayos, guiones, relatos o novela. Con mi poesía puedo ser un poco más flexible y escribo en otros sitios, tampoco cualquiera, pero al final la forma última de los versos se fija en mi mesa de cara a la pared. Para los artículos periodísticos me vale cualquier sitio, no porque los considere un género menor, me cuesta mucho trabajo su pulimentado antes de enviarlos a la urgencia de la columna, sino que el exterior también me da ideas. No obstante, me pliego a las opiniones arriba expuestas y me declaro un tipo muy maniático que tiene que escribir en su silla, su mesa, su ordenador y un ambiente con luz, temperatura y sonidos controlados. Sin embargo, soy capaz de beber en cualquier sitio, pero no a cualquier hora.

Muchas de tus narraciones, y también poemas (pienso, por ejemplo, en ‘Melodrama doméstico’, donde dices «En frontal, plano medio, un tipo carga/ el tambor del revólver»), se construyen a través de una estructura y un lenguaje muy próximo al del séptimo arte. ¿Qué ventajas te ofrece la inclusión de elementos propiamente cinematográficos en tus obras?

            Los referentes cinematográficos aportan al lector una imagen que se ramifica a su vez en música, situaciones e incluso personaje, con poco esfuerzo; en ese tipo de poemas busco una técnica semejante a la de una página web donde los banners ilustran el mensaje; es decir, intento la imagen en movimiento. En los elementos cinematográficos he descubierto una mina de metáforas también cercanas al lector por lo que se convierten en un eficaz instrumento para provocar sensaciones. Además evitan que me salga de los cauces del lenguaje escrito, no tengo que evolucionar hacia el poema-objeto a lo Brossa, o como Ferrán Martín.

En nuestra web, tenemos una sección que se llama ‘Reivindicación de las palabras’, a través de la cual promocionamos y damos a conocer términos que están cayendo en desuso. ¿Qué palabra recuperarías o reivindicarías?

            Antiparras: “gafas”.

Pues ahora mismo la incluimos en nuestra sección. Muchas gracias, José Luis.

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